Críticas · 27 de julio de 2026

Una película de terror que se niega a comportarse como contenido

Curry Barker construye un terror sobre deseo, control y vínculos modernos.

Calificación
9/10Excelente
Una película de terror que se niega a comportarse como contenido

Obsesión arranca como un coming of age dramático sobre un grupo de amigos que comparte códigos, trabajo e historias anteriores. Bear (Michael Johnston) es medio paloma, está enamorado de Nikki (Inde Navarrette) y espera encontrar el momento adecuado para plantearle que quiere dejar de ser solo su amigo. Ian (Cooper Tomlinson) y Sarah (Megan Lawless) completan un grupo que se siente genuino, con la intimidad de quienes ya habían vivido muchas cosas juntos antes de que nosotros empezáramos a observarlos.

Cuando parecía que iba por otro lado, aparece el elemento fantástico y empieza a contaminar todo lo anterior. Obsesión se convierte entonces en una especie de episodio de La dimensión desconocida donde nunca termina de quedar claro cuánto pertenece a lo sobrenatural y cuánto podría existir por sí solo. En espíritu, recuerda al cuento El diablo de la botella, de Robert Louis Stevenson, donde no alcanza con conseguir lo que uno desea, sino que después hay que hacerse cargo. Bear queda atrapado exactamente en eso y el objeto es el motor que deforma vínculos que la película se había tomado el trabajo de construir, exponiendo lo que ya estaba escondido dentro de los personajes.

Curry Barker, su director, demuestra que conoce el género, pero sobre todo, que lo quiere. Toma sus mecanismos históricos y se pregunta qué puede hacer con ellos ahora, en vez de acumular homenajes para que los espectadores los reconozcan (te estoy hablando a vos, La Sustancia). Entre sus influencias encontramos a Ari Aster, Jordan Peele y Zach Cregger, pero nunca parece estar copiándolos. Sus personajes tienen arcos, una historia anterior y conflictos que seguirían existiendo aun sin el elemento sobrenatural.

Lo de Inde Navarrette me parece, sin exagerar, una actuación de nivel Oscar. Atraviesa cambios extremos de ánimo e intensidad sin perder el contacto con la realidad. Grita, amenaza, seduce, reclama, se quiebra y vuelve a una aparente normalidad, pero nunca se convierte en una caricatura. Puede hacer reír y, un segundo después, producir una incomodidad genuina porque debajo de lo desmesurado sigue habiendo algo reconocible. La película exagera conductas reales sin convertir los problemas de salud mental en una explicación condescendiente para la violencia. Lo más perturbador está en mecanismos cotidianos de control como la presión disfrazada de cariño, el reclamo que retrocede y se convierte en chiste o la invasión presentada como una “demostración de amor”. El verdadero terror es quedar encerrado en una relación de la que no existe una salida sencilla.

Los momentos más explícitos están muy bien elegidos. Son breves, inesperados y terminan antes de que podamos acostumbrarnos. Impactan porque Obsesión no necesita recordarnos todo el tiempo que estamos viendo terror. Una imagen bien colocada puede perseguir más que quince minutos de gritos o gore. La película confía en que el espectador complete lo que no alcanza a ver.

Esa confianza también aparece en la dirección. Barker puede hacer visible una decisión, moviendo la cámara o modificando lentamente el punto de vista, pero también acercarse al noir y a una puesta casi teatral colocando la cámara en el lugar correcto y dejándola. Él mismo explicó que recurrió a tomas largas para permitir que los actores actuaran, mientras que el director de fotografía Taylor Clemons destacó el uso de cámaras estáticas, sombras y espacios oscuros para aumentar la ansiedad.

Durante los diálogos, la cámara puede quedarse sobre quien habla, sobre quien escucha o mostrar a ambos y permitir que una reacción se forme completa. Estoy cansado de que se filme como si el espectador fuera a escapar si una imagen dura más que una historia de Instagram. Cansa el estilo TikTok de los programas de streaming supuestamente cancheros, donde cada conversación parece exigir un corte cada dos segundos. Gracias, Barker, que vuelva el cine donde una persona puede terminar una frase sin que la película cambie cuatro veces de plano.

Cuando una película me sorprende de esta manera, empiezo a tener miedo de que aparezca el final “como quiere la industria”, con moraleja pelotuda, explicación tranquilizadora o héroe que ordena todo de golpe, para que nadie salga incómodo. Obsesión evita esas trampas y se juega por un cierre duro, coherente y contrario a la necesidad de explicarlo todo. Me hizo pensar en The Thing, de John Carpenter, cuyo final sigue generando discusiones justamente porque se negó a ofrecer una respuesta tranquilizadora.

La decisión tiene todavía más mérito porque Obsesión representa la entrada de Barker a otro nivel de la industria, después de la producción de bajísimo presupuesto Milk & Serial. Podría haber elegido un final más aceptable para proteger su futuro, pero prefirió terminar como necesitaba hacerlo. Así se suma a una generación de cineastas que conocen el terror, lo respetan y encontraron una voz propia como Zach Cregger (Barbarian), Anna Kendrick (El Juego de las Citas), Bryan Bertino (The Dark and the Wicked), Jennifer Kent (The Babadook), Ari Aster (Hereditary), Prano Bailey-Bond (Censor) o Robert Eggers (La Bruja). Por suerte, Barker no copia a ninguno ni pide permiso para hacer las cosas a su manera.

Después de tantas películas fabricadas como contenido, tantos objetos malditos convertidos en máquinas de producir muertes y tantos montajes aterrorizados ante la posibilidad de dejar una cámara quieta, Obsesión devuelve las ganas de seguir creyendo en el terror. Celebremos la originalidad.